Una investigación con participación chilena confirmó científicamente lo que muchas personas intuían: estar en la naturaleza no solo relaja, sino que transforma físicamente el cerebro en pocos minutos.
El estudio, publicado en enero de 2026 en la revista Neuroscience & Biobehavioral Reviews, analizó 108 investigaciones internacionales sobre cómo reacciona el cerebro al contacto con entornos naturales, consolidándose como una de las revisiones más completas en la materia.
El trabajo fue liderado por la investigadora Constanza Baquedano junto a un equipo del Centro de Neurociencia Social y Cognitiva de la Universidad Adolfo Ibáñez, en colaboración con universidades internacionales.
Cuatro efectos directos en el cerebro
La revisión identificó una “cascada de efectos” que ocurre cuando las personas se exponen a la naturaleza, incluso por cortos periodos:
1. El cerebro trabaja menos
Los entornos naturales permiten procesar la información visual de forma más simple y eficiente.
Resultado: menos esfuerzo mental y mayor sensación de descanso.
2. Disminuye el estrés
Se reduce la actividad de la amígdala, zona asociada al miedo y la alerta.
El cuerpo sale del “modo supervivencia”.
3. Mejora la concentración
La atención se restaura de forma natural, permitiendo un mejor rendimiento cognitivo posterior.
4. Se reduce el ruido mental
Disminuye la actividad asociada al pensamiento repetitivo o negativo.
Menos ansiedad y más claridad mental.
Estos efectos ocurren de forma progresiva y están interconectados, generando un impacto integral en el bienestar.
¿Cuánto tiempo se necesita?
Según la investigación, desde solo 3 minutos en la naturaleza ya se observan cambios medibles, aunque exposiciones más prolongadas generan efectos más profundos.
Incluso los llamados “microcontactos” —como ver árboles, caminar por una plaza o tener plantas en casa— aportan beneficios acumulativos.
No basta con dejar el celular
Uno de los hallazgos clave es que el beneficio no proviene solo de “desconectarse de las pantallas”, sino del entorno natural en sí.
La naturaleza entrega señales que el cerebro interpreta como seguridad, reduciendo automáticamente el estrés, algo que los entornos urbanos no logran replicar.
🌎 Impacto más allá de la salud
Los investigadores también destacan que este tipo de evidencia podría influir en políticas públicas, diseño urbano y salud mental, promoviendo ciudades más verdes y el uso de la naturaleza como herramienta terapéutica.

