En plena era del agotamiento digital, donde las notificaciones, pantallas y jornadas extendidas dominan la rutina diaria, desconectarse del celular no siempre basta para descansar. La ciencia ahora lo confirma: el cerebro humano necesita naturaleza para recuperarse de manera real y medible.
Un reciente estudio publicado en la revista científica Neuroscience and Biobehavioral Reviews analizó 108 investigaciones internacionales que utilizaron técnicas de neuroimagen —como resonancia magnética funcional (fMRI) y electroencefalografía (EEG)— para medir qué ocurre en el cerebro cuando una persona se expone a entornos naturales.
La conclusión es clara: la naturaleza no solo relaja, reconfigura la actividad cerebral.
Qué ocurre en el cerebro cuando estamos en la naturaleza
Los investigadores observaron que al exponerse a paisajes naturales se reduce la activación de la amígdala, estructura cerebral asociada al estrés, el miedo y la respuesta de alerta.
Además, se registró:
- Disminución de la actividad en la corteza prefrontal medial, vinculada a la rumiación mental y pensamientos repetitivos negativos
- Aumento de ondas alfa en EEG, asociadas a estados de relajación consciente
- Mejora en la conectividad funcional entre áreas relacionadas con regulación emocional
Este patrón fue descrito como un estado de “alerta relajada”: el cerebro se mantiene atento, pero sin sobrecarga.
Lo interesante es que estos efectos se producen sin requerir esfuerzo consciente, a diferencia de la meditación formal.
La “cascada restaurativa”
Los autores del estudio describen el fenómeno como una “cascada restaurativa”. Esto implica que la experiencia natural activa múltiples mecanismos simultáneos:
- Reducción del cortisol (hormona del estrés)
- Regulación del sistema nervioso autónomo
- Disminución de la frecuencia cardíaca
- Recuperación de la fatiga cognitiva
Investigaciones complementarias han mostrado que incluso 20 minutos en un entorno verde pueden reducir significativamente los niveles de cortisol en sangre.
No es solo bienestar subjetivo. Es fisiología.
Naturaleza vs. entorno urbano
Otro hallazgo relevante es la comparación entre estímulos urbanos y naturales.
Las imágenes de ciudades densas tienden a activar zonas cerebrales asociadas a procesamiento complejo, vigilancia y sobrecarga sensorial. En cambio, paisajes abiertos, agua o bosques generan patrones asociados a restauración atencional.
Este efecto está respaldado por la Teoría de Restauración de la Atención, desarrollada por los psicólogos ambientales Rachel y Stephen Kaplan, que sostiene que la naturaleza permite recuperar recursos cognitivos agotados por la vida urbana.
Chile: una ventaja biológica subestimada
En un país como Chile —y particularmente en el sur— el acceso a bosques, lagos, ríos y cordillera está a pocos kilómetros de la mayoría de las ciudades.
Desde los parques urbanos hasta los bosques templados lluviosos, el territorio ofrece lo que la neurociencia define como “entornos restaurativos”.
🌋 Caminar por un bosque
🌊 Escuchar el sonido del agua
🌄 Contemplar un paisaje abierto
No es solo una experiencia estética. Es una intervención natural en la actividad cerebral.
Más que ocio: salud pública
En contextos de aumento de ansiedad, estrés laboral y fatiga digital, la evidencia científica refuerza una idea potente: el contacto con la naturaleza no es un lujo recreativo, sino un factor protector de salud mental.
Algunos expertos incluso plantean que la planificación urbana futura debería integrar más espacios verdes como estrategia preventiva.
El cerebro humano evolucionó en entornos naturales durante miles de años. La desconexión actual no es solo tecnológica; es ambiental.
Y la ciencia comienza a demostrar que volver a esos entornos no es una moda wellness, es una necesidad biológica.
Un metaanálisis que revisa estudios con neuroimagen sobre exposición a naturaleza y actividad cerebral:
🔗 https://www.sciencedirect.com/journal/neuroscience-and-biobehavioral-reviews

